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EL PRECIO
Un hombre, muriendo el día, se fue a la orilla del mar pues desde allí, presentía, se podría contemplar la vida que apetecía. Dejaba atrás un amor, unas raíces profundas, una infancia de dolor y el recuerdo del color de las hambres furibundas. Un sol que en su majestad, soberano y poderoso, dejaba al menesteroso sin sangre y sin voluntad, marginado, quejumbroso, perdida la facultad para vivir dignamente: la miseria enseña el diente y mata la libertad. El mar que lo vio venir, receloso de su suerte, no más le quiso advertir de que rondaba la muerte vestida de luna llena, y que tentar a la suerte en marea procelosa podría derivar en pena que lanzada a navegar por el agua generosa oye un canto de sirena antes de desembocar en una roca inclemente donde su cuerpo enterrar llevada por la corriente. Pero la visión fatal de su sueño en otra orilla hace en el hombre alentar una esperanza que brilla para una vida sencilla al otro lado del mar. Llevado por ese afán, el hombre se lanza en vuelo pensando que no habrá suelo para frenar el volcán que surgido de su pecho sólo encontrará consuelo cuando descanse en un lecho liviano y lleno de espuma para en medio de la bruma yacer feliz, satisfecho, de haber podido lograr lo que al hombre dignifica: el derecho a trabajar y a vivir lo que le toca sin tener que mendigar para llevarse a la boca apenas algún mendrugo para que luego un verdugo lo deje sin respirar.
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